VÉRTIGO
Desde las nubes el niño no llora, la azafata del avión se
acercó susurrando si quería sal en la sopa. Negué rápidamente con la cabeza,
enseguida, al mirar el plato me entristecí al ver reflejada mi envidia en el
verde del perejil. Así que en la primera turbulencia no me pude contener y
grité con todas mis fuerzas a la señorita si me podía atender. Las cajas vuelan
y los niños lloran.
Ya no soy el único que tiene miedo.

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