UNA CRISIS DE ANSIEDAD
Hacía mucho que no escribía, creo que ello se debe
a saber que mi falta de cordura jamás quedará reflejada tal y como la siento en
palabras, me resulta especialmente costoso dar nombre a todo lo que encierro e
incluso a lo que siento. Por eso mismo creo que mis memorias jamás quedarán
recogidas en un papiro, pues ni el más
fiel pergamino sería suficiente. Ahora las palabras brotan solas de la vieja
punta de un lápiz, y esa sensación…es una mera intención de reclamar un peldaño
entre los sueños de una persona como yo.
No poder articular palabra ante nadie y después
escribir irregularmente para guardarlo en un cajón debería ser delito, y si así
fuera yo estaría encerrada en con la única compañía de un lápiz de punta
redondeada por el desgaste del tiempo y mordisqueado por la tensión de un
subidón de adrenalina y la frustración de una mente laberíntica; y unos gruesos
muros de hormigón repletos de palabras sobrepuestas que forman dibujos abstractos.
Para algunos serán sandeces, meras blasfemias de un criminal, otros
directamente no le encontrarán sentido a tal maraña, pero solo el celador como
gran observador será un gran desencriptador. Nunca habíamos de hablar, pero lo
vería, se sabría el orden y en las
intimidades de los muros me observaría recelosamente desde su puesto como yo, llorar y reír,
hablar sola, saltar o patalear.
Podría o no estar de acuerdo, pero luego cuando
cumpliera condena nos chocaríamos y sería incapaz de reconocer aquel rostro denudado
ahora concienzudamente maquillado y las clases de etiqueta que borraron todo
rastro de realidad.
Nos volveríamos a encontrar, pues sería reincidente
y yo le sonreiría por dentro porque no sé por fuera. Pintaría de nuevo con
palabras mi nuevo dormitorio y volvería a confiar en que nadie se fijaría en mi
sentir y expresar sin la ayuda de un lápiz. Si leyeses los muros, me estarías
leyendo a mí.
Cursiladas o seriedades desparramadas igual que en
mi mente.
Volvería a estar en libertad y el celador seguiría
sin ser capaz de reconocerme fuera de prisión, pues por algo todo lo que
escribo se queda en un cajón, por eso sería reincidente.
Una gran actuación que me haría huir o tal vez no
de cómo soy. Guardando y guardando…me convertiría en una carpintera para
esconder todos esos folios que se iban poco a poco amontonando, idearía muy
ingenioso hasta que volviesen a rebosar los cajones, pero siempre conseguiría
guardar algo. Por eso reincidía y sonreía pícaramente por dentro al
celador una y otra vez.
Pero un día aquellas hojas enrolladas o quizás
encuadernadas serían quemadas a sangre fría, se retorcerían ante unos ojos
relucientes y expectantes cargados de mentiras, se incinerarían para acabar
siendo polvo y desvanecerse de una vez por todas, quizás llegasen a remotas naciones
o tal vez quedasen en el olvido de unos muros de hormigón.
Años más tarde volvería a una celda, pero no sería
de frío hormigón, esta sería de espuma acolchada y mucho más caliente y
acogedora, me darían un mono blanco de mangas retorcidas que me haría sentir
segura y me presentarían a un viejo amigo, un amigo que vio desvanecer su
trabajo, pero ahora volvía con un propósito ya incriminado y tal vez olvidado,
volvía para ayudarme a sonreír aunque fuese por dentro y a recordar que una vez
fui yo… el único que me conoció de verdad, el lápiz.
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