martes, 18 de febrero de 2020

UNA CRISIS DE ANSIEDAD
Hacía mucho que no escribía, creo que ello se debe a saber que mi falta de cordura jamás quedará reflejada tal y como la siento en palabras, me resulta especialmente costoso dar nombre a todo lo que encierro e incluso a lo que siento. Por eso mismo creo que mis memorias jamás quedarán recogidas en un papiro, pues ni  el más fiel pergamino sería suficiente. Ahora las palabras brotan solas de la vieja punta de un lápiz, y esa sensación…es una mera intención de reclamar un peldaño entre los sueños de una persona como yo.
No poder articular palabra ante nadie y después escribir irregularmente para guardarlo en un cajón debería ser delito, y si así fuera yo estaría encerrada en con la única compañía de un lápiz de punta redondeada por el desgaste del tiempo y mordisqueado por la tensión de un subidón de adrenalina y la frustración de una mente laberíntica; y unos gruesos muros de hormigón repletos de palabras sobrepuestas que forman dibujos abstractos. Para algunos serán sandeces, meras blasfemias de un criminal, otros directamente no le encontrarán sentido a tal maraña, pero solo el celador como gran observador será un gran desencriptador. Nunca habíamos de hablar, pero lo vería, se sabría el orden  y en las intimidades de los muros me observaría recelosamente  desde su puesto como yo, llorar y reír, hablar sola, saltar o patalear.
Podría o no estar de acuerdo, pero luego cuando cumpliera condena nos chocaríamos y sería incapaz de reconocer aquel rostro denudado ahora concienzudamente maquillado y las clases de etiqueta que borraron todo rastro de realidad.
Nos volveríamos a encontrar, pues sería reincidente y yo le sonreiría por dentro porque no sé por fuera. Pintaría de nuevo con palabras mi nuevo dormitorio y volvería a confiar en que nadie se fijaría en mi sentir y expresar sin la ayuda de un lápiz. Si leyeses los muros, me estarías leyendo a mí.
Cursiladas o seriedades desparramadas igual que en mi mente.
Volvería a estar en libertad y el celador seguiría sin ser capaz de reconocerme fuera de prisión, pues por algo todo lo que escribo se queda en un cajón, por eso sería reincidente.
Una gran actuación que me haría huir o tal vez no de cómo soy. Guardando y guardando…me convertiría en una carpintera para esconder todos esos folios que se iban poco a poco amontonando, idearía muy ingenioso hasta que volviesen a rebosar los cajones, pero siempre conseguiría guardar algo. Por eso reincidía y sonreía pícaramente por dentro al celador  una y otra vez.
Pero un día aquellas hojas enrolladas o quizás encuadernadas serían quemadas a sangre fría, se retorcerían ante unos ojos relucientes y expectantes cargados de mentiras, se incinerarían para acabar siendo polvo y desvanecerse de una vez por todas, quizás llegasen a remotas naciones o tal vez quedasen en el olvido de unos muros de hormigón.
Años más tarde volvería a una celda, pero no sería de frío hormigón, esta sería de espuma acolchada y mucho más caliente y acogedora, me darían un mono blanco de mangas retorcidas que me haría sentir segura y me presentarían a un viejo amigo, un amigo que vio desvanecer su trabajo, pero ahora volvía con un propósito ya incriminado y tal vez olvidado, volvía para ayudarme a sonreír aunque fuese por dentro y a recordar que una vez fui yo… el único que me conoció de verdad, el lápiz.

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