martes, 5 de mayo de 2020


Una historia que se repite allí dónde voy, sin un por qué definido y sonrisas borrosas que no consigo recordar. Lamentos que van y vienen con el viento arrasando a su paso lo construido en la brevedad de margen  que me da el tiempo. Sin dar lecciones ni aprender nada me levanto y busco un nuevo destino donde esperar la tempestad.


UN BAÑO DE SUEÑOS CAÍDOS


Quizás fueron los vapores de la ducha o que mi periodo estaba cerca, pero con cada gota de agua estaba cada vez más segura de que la historia se iba a repetir, me parecía demasiada casualidad que me hubiese llamado en aquel momento, que aquellas niñas fuesen a ser diferentes. Me enjabono el pelo y con olor a vainilla recuerdo la ilusión que me hicieron aquellas palabras: “Me gustaría que fuésemos amigas, ¿quedamos unas cuantas y hacemos tarde de chicas?”. Froto mi cabeza mientras una sonrisa cansada se dibuja en mi cara. No había aprendido nada después de todas esas veces en las que fui un plan Z, la opción por conveniencia o a la que engañaban con la hipocresía, a la que arañaron y tiraron del pelo, de la que se escondían cuando paseaba por la calle y a la que nadie defendió de verdad. Paso el jabón por los brazos y veo el por qué de esa pregunta, los motivos ocultos independientes que aquella chica escondía, podría haber sido diferente pero cuanto más lo pensaba más lejos lo veía. Abro los ojos llenos de jabón y las lágrimas no se distinguen en la ducha, los ojos rojos, a mí me bastaba con imaginarme el cómo podría haber sido, he aprendido a vivir de mi imaginación, a engañarme con ella con cosas que jamás pasaron y sobre todo aprendí a olvidar. Me desenjabono el cuerpo mientras intento reír, una carcajada sorda que me hace doblar el cuerpo. Me pongo de rodillas y mientras me exfolio la cara me imagino bailando en un bar con las que podían haber sido mis amigas, mientras me paso la mano por la cara y cojo aire decido no confiar, no contar, cuanto menos sepan mejor. Me levanto y todas las caras del pasado y el presente pasan por mis ojos como si de un carrusel se tratase. Salgo de la ducha y cojo la toalla, me envuelvo en ella mientras me imagino un abrazo grupal, manos y brazos mientras saltamos y reímos. Sacudo mi pelo y veo todo un futuro inalcanzable con ellas. Miro mi cara en el espejo aún con restos de maquillaje, un maquillaje que debería haber llevado aquella noche. Me paso la toalla por los ojos, me pongo la toalla a modo de turbante en el pelo y sonrío a mi reflejo, eso es lo que me queda, sonreír y hacer como que no se nada, sin hablar ni tomar represalias contra algo por lo que debí luchar en su momento, no desvelar lo que ya sé pues es confidencial, es mi única baza. Juego con ventaja porque nadie me conoce ni lo harán. Me pongo recta y pienso que al final todo es una estupidez, no van a cambiar las cosas y la historia se repite allá donde voy, grupos rotos y nuevos enemigos que son testigos de que he pasado por allí, pero ya nada puede afectarme. He dejado a un lado esos sentimientos que  no van a salir como antes. Al final la vida es eso, un ir y venir de personas sin control, cada una es una nueva ilusión y una pérdida más. Esto es algo que jamás deberé contar pues la culpa la tengo yo, una forma de pensar retorcida y paranoide que delira lo que ve y lo lleva a límites, consciente o inconsciente, pienso en esto mientras me pongo el pijama, de una forma u otra gafo o más bien condeno toda relación. Mientras avanzo por el pasillo lentamente miro al techo blanco y quiero que mi mente esté igual. Me meto en la cama y antes de cerrar los ojos tengo la corazonada de que esto con ellos puede cambiar. Doy vueltas en la cama diciéndome que es lo que siempre pienso, pero podría ser verdad por una vez y no puedo desaprovecharlo, iré con cautela mientras caigo en sueño desconocido y pierdo el sentido cuando la última lágrima resbala por mi mejilla.






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